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viernes, abril 3, 2026

La guerra aumenta el riesgo de hacer pasar hambre a 45 millones de personas

La ONU lanza una alarma también sobre la grave crisis en el sector de los fertilizantes con los cargueros bloqueados en Ormuz

Redacción

CIUDAD DEL VATICANO.- En junio otros 45 millones de ciudadanos de los países pobres podrían encontrarse en una condición de grave inseguridad alimentaria, además de los 318 millones que ya hoy lo están.

El dato fue difundido en los últimos días por las Naciones Unidas y da la medida de la verdadera apuesta en juego ligada a la guerra en Medio Oriente.

El punto es que el bloqueo, los retrasos y los encarecimientos que atraviesan el Estrecho de Ormuz están golpeando sí al sector energético con el petróleo y con el gas, pero al mismo tiempo están golpeando uno de los nudos más frágiles de la economía global: la producción y el comercio de los fertilizantes, es decir la base de la agricultura moderna.

El papel de los fertilizantes

Este sector depende de tres nutrientes fundamentales: nitrógeno, fósforo y potasio. Los fertilizantes nitrogenados, como amoníaco y urea, son producidos a partir del gas natural.

El fósforo depende en cambio del azufre, subproducto de la refinación de petróleo y gas utilizado para transformar la roca fosfática en fertilizante.

Y es aquí donde la crisis de Ormuz se convierte en crisis de la comida. Los ataques a las plantas de gas natural licuado (GNL) de Irán y Catar de la semana pasada han obligado a QatarEnergy a detener la producción en uno de los mayores complejos mundiales de urea.

Como reflejo, los envíos de urea, amoníaco y azufre han sido retrasados o desviados, empujando a los compradores a buscar suministros alternativos.

Pero dado que son muchos los países que se enfrentan a los precios de la energía en fuerte aumento y a los riesgos de una escasez de oferta, el problema ha rebotado y ya no concierne sólo a las exportaciones desde el Golfo: si el gas no llega a las plantas, o si los nutrientes agrícolas no pueden ser enviados, los agricultores simplemente usan menos y, como reflejo, los rendimientos disminuyen.

El resultado es simple: como afirmó el Commodities Research Unit (CRU), el 43 por ciento del comercio mundial de urea está en riesgo a causa del conflicto en Medio Oriente, mientras que cerca del 45 por ciento de las exportaciones globales de azufre —componente clave para los fertilizantes fosfáticos— pasa precisamente a través del Estrecho.

La globalización está lejos de haber terminado

El epicentro de esta vulnerabilidad es ante todo Asia meridional y es desde aquí que se puede extraer la primera lección económica de esta crisis: la globalización está lejos de haber terminado.

Se ha hablado mucho de ello en estos años, especialmente después de la crisis del Covid-19, acuñando nuevos términos como desglobalización y propagandeando un retorno del aislacionismo, pero la realidad está demostrando todo lo contrario: el mundo está cada vez más interconectado y los efectos de una crisis no tienen frontera.

Hoy India, Pakistán y Bangladesh dependen del gas importado del Golfo para producir sus propios nutrientes agrícolas. Nueva Delhi, uno de los mayores consumidores mundiales de fertilizantes, importa cerca de un tercio de sus necesidades y depende fuertemente del Golfo; lo mismo vale para su producción interna, que se basa en GNL importado, del cual cerca del 40 por ciento proviene de Catar, así como para otros insumos fundamentales, como fosfatos, potasio y azufre.

Dado que el gobierno de Narendra Modi ha racionado el gas, los suministros a las plantas de fertilizantes en el país se han reducido al 70 por ciento de los niveles normales.

En Bangladesh, la escasez de gas ha obligado al cierre temporal, en momentos distintos en las últimas semanas, de cuatro de las cinco plantas estatales de fertilizantes.

El papel de China

Un sacudón adicional para el área asiática podría ser la decisión china, de la que se está hablando ampliamente en estos días, de ordenar a los exportadores suspender los envíos de fertilizantes hacia el exterior para algunas líneas de producto.

La iniciativa seguiría las instrucciones impartidas este mes a las grandes refinerías estatales de detener las exportaciones de combustible para aviones, diésel y queroseno.

China es el segundo exportador mundial de fertilizantes, después de Rusia, y un importante proveedor de fertilizantes para India, dado que cubre cerca del 10 por ciento de sus importaciones, así como para varios países del Sudeste asiático.

Las autoridades de Filipinas han declarado esta semana que, aun habiendo recibido garantías de Pekín sobre la continuidad de los suministros, están evaluando fuentes alternativas.

También Vietnam está entre los países más expuestos: importa casi el 70 por ciento del combustible para aviones, del cual cerca del 60 por ciento proviene de Tailandia y China.

El calendario agrícola

El problema se vuelve aún más grave si se mira el calendario agrícola. Vale para los países del Asia meridional, donde la principal temporada de siembra comienza con la llegada de los monzones en junio, uno de los períodos más intensivos en el uso de fertilizantes de la agricultura mundial y fuertemente dependiente de las importaciones del Golfo, pero vale también para los países africanos.

Donde a la crisis energética y económica se añade la climática. Piénsese en Malawi, donde en estos días gravísimas inundaciones están devastando ciudades enteras justo en la temporada en la que se cosechan maíz y otros cereales.

La FAO indica como altamente probable un retorno de El Niño este año, esto significa lluvias alteradas, sequía en algunas regiones e inundaciones en otras, entregándonos directamente una segunda lección útil: el sistema alimentario global está expuesto a múltiples choques simultáneos que se refuerzan entre sí. Y, entre estos, el choque climático está seguramente en la cima de la lista.

Europa está expuesta como espacio económico vulnerable

Frente a esto, Europa entra en el área de crisis no tanto como área expuesta al hambre, sino como espacio económico vulnerable a una nueva ola de encarecimientos.

El riesgo aquí es encontrarse una vez más aplastados entre la dependencia energética y la inflación importada.

Y es aquí donde emerge una tercera lección importante. En 2022, después de la invasión rusa de Ucrania, el temor era que la interrupción de los envíos de trigo de dos de los mayores exportadores mundiales hiciera colapsar la oferta.

Los precios subieron, pero la producción se demostró más adaptable, la producción aumentó en otros lugares, los flujos comerciales fueron reorientados y, gracias al hecho de que Odesa permaneció y permanece bajo control ucraniano, fertilizantes y comida circulan.

Con los fertilizantes, sin embargo, la situación es distinta. El trigo puede ser cultivado en otros lugares. El fertilizante no, o al menos no rápidamente.

El nitrógeno depende del gas natural; el fosfato depende de insumos minerales finitos como el azufre.

La producción está estrechamente ligada a la geografía y a las infraestructuras, concentrada en pocas regiones y fuertemente dependiente del comercio global. Esto hace el sistema mucho menos elástico y mucho más vulnerable a los choques geopolíticos.

Las ventajas de Rusia

Hablando de Europa, sin embargo, debe hacerse un inciso sobre el hecho de que Rusia está entre los primeros productores de fertilizantes del mundo.

El aumento de los precios de las materias primas, tanto energéticas como alimentarias, está favoreciendo la economía moscovita: días atrás el Financial Times escribió que «Moscú ya está recibiendo hasta 150 millones de dólares de ingresos extra al día por la venta de petróleo, a causa del salto de precios provocado por la guerra».

Y si las exportaciones energéticas hacia el Viejo Continente han sido casi anuladas, el mismo discurso no vale para el sector alimentario: al contrario, el año pasado las exportaciones rusas de fertilizantes hacia la Unión Europea alcanzaron un valor de cerca de dos mil millones de euros, aunque los volúmenes hayan disminuido desde que entraron en vigor nuevas sanciones introducidas en 2025.

Ecos americanos

Todos estos entrelazamientos no están lejos de la vida cotidiana de las personas. La cuarta lección económica de esta crisis está toda aquí.

Y revela cuánto la estrategia de una guerra no solo determina la táctica sobre el terreno sino, más bien se podría decir sobre todo, impacta sobre las consecuencias del conflicto y por lo tanto sobre la posibilidad o no de continuar combatiendo.

Es decir, en ausencia de tiempos y objetivos estratégicos claros, la guerra cuesta más y esto se convierte en un instrumento sobre el cual una de las partes puede hacer palanca a su favor. Porque presiona sobre los bolsillos de los ciudadanos, por lo tanto sobre el ánimo, sobre la vida, sobre la política.

No es un caso que, más que cualquier otro, en demostrar una enseñanza aparentemente obvia sea el caso estadounidense. En Estados Unidos el cierre sustancial del Estrecho de Ormuz ha hecho subir los precios globales del petróleo al ritmo más rápido desde 2022: el precio medio de la gasolina en los Estados Unidos es ahora de 3,98 dólares, casi un dólar más respecto a hace un mes.

Para una familia media, el costo en el surtidor podría traducirse en casi 750 dólares de gastos extra este año. Así también el costo para calentar o enfriar las casas americanas aumentará, añadiendo ulterior presión a las facturas, ya subidas en más del 10 por ciento bajo la segunda administración Trump.

También los costos del combustible para aviones están aumentando y los directores ejecutivos de las compañías aéreas han anunciado que trasladarán estos encarecimientos a los pasajeros. Crecen además los precios del diésel, por lo tanto el costo del transporte de cualquier bien que viaja en camión.

En espera de las elecciones de medio término

Y luego está el nudo que conecta directamente a América con el resto del razonamiento: los fertilizantes.

El salto de sus costos llega justo mientras los agricultores americanos se preparan para la temporada de siembra.

Esto significa que la comida se volverá más cara también para las familias estadounidenses. Solo los primeros seis días han costado a los contribuyentes más de 11 mil millones de dólares: suficiente, según las estimaciones citadas, para pagar un año entero de seguro sanitario a más de un millón de americanos.

Las evaluaciones sugieren que la administración Trump está gastando actualmente al menos mil millones de dólares al día y que la Casa Blanca pedirá pronto al Congreso otros 200 mil millones de dólares.

Para quien lleva la cuenta, son más de 2.300 dólares por cada familia americana. Números que, si la guerra tuviera que continuar sin un objetivo y un calendario claros, corren el riesgo de comprometer a la actual administración estadounidense. Sobre todo en el año de las elecciones de medio término.

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